Atascados en el mismo punto, detenidos en el tiempo, congelados en una inamovible fatalidad, como si nada hubiera pasado, aun cuando la verdad es que ha pasado de todo, nos agarran los 25 años del 4 de febrero de 1992. Atascados, pero también cada vez más retrasados porque a partir de ese momento comenzamos a retroceder en el tiempo, hasta el punto que seis años después la barbarie se valía de un hecho de fuerza para acceder al poder por el voto popular, aberración que echó por tierra el cacareado mito del espíritu democrático de los venezolanos. Desde entonces todos los esfuerzos por concretar la vuelta de la democracia, incluyendo un golpe de estado (11 de abril del 2002), nos dejaron en el mismo punto en el que nos encontrábamos aquella fatídica madrugada de hace ya un cuarto de siglo. Pero no podía ser de otra manera, si consideramos que el golpe fue acogido con un desconcertante apoyo mayoritario, operando así la inesperada paradoja mediante el cual la víctima fundamental de la asonada, el presidente Carlos Andrés Pérez, pasaba a convertirse en victimario de la fallida y sangrienta intentona y su ejecutor, Hugo Chávez, en la víctima propiciatoria de “un sacrificio” que, a la postre, lo llevaría a la toma del poder mediante el método electoral. Método que, por otra parte, se encargarían sus sucesores de liquidar cuando comenzaron a perder el favor de los votantes.

Con el rabo entre las piernas

Pero ese desprecio por las formas civilizadas de gobierno nos habla del retorno, luego de un paréntesis de cuarenta años, del viejo método de “tirar la parada”, apelando a la violencia ejercida por un déspota, con apoyo militar, factor mucho mejor acomodado en el inconsciente colectivo que una república civil sometida a las leyes. Fue así como se consumó la muerte de la democracia, traicionada por muchos de quienes contribuyeron a su nacimiento, a partir del 23 de enero de 1958. Unos, los deudos de la ilustre víctima, porque no hicieron nada por reivindicarla y se retiraron de la escena con el rabo entre las piernas. Otros, porque participaron en la celebración del 4F como preludio del “hombre nuevo” y la “era dorada” de la cual alardeaba Chávez y terminaron sumándose a las tropas del teniente coronel, mientras que unos terceros se borraron cuando descubrieron la verdadera naturaleza de un gobierno que se fue quitando, poco a poco, la máscara del despotismo.

Enamorados del golpista

Todo esto ocurría mientras el nuevo líder, elevado a tal condición por un hecho de fuerza que costó decenas de muertes, iniciaba su idilio con un país que se enamoró de él a primera vista y cuya celda se convirtió en lugar de obligatoria peregrinación para todos aquellos que querían estar en algo.

Hugo Chávez declarando en el 4f

Seguramente los venezolanos más jóvenes no tengan idea cabal del estado de ensoñación en que cayeron las grandes mayorías del país desde el mismo 4F, ante la amenaza, trocada en mantra fundacional, pronunciada por el naciente prócer venezolano, cuya esencia discursiva se resumía en una frase que pasaría a la historia, no por anunciar una victoria, sino todo lo contrario, por reconocer una derrota que, sin embargo, lo convertiría en uno de los hombres con mayor poder en el continente: “Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados…. Depongan las armas”. Desde la derrota, Chávez proyectaba un mensaje de rebelión y de cambio radical que prendió en la gente y que fue aprovechada por Rafael Caldera, cuyo discurso, ante el Congreso, volteó la tortilla entre los parlamentarios, quienes pasaron de la condena al golpe a una festiva aceptación en algunos casos y en el entusiasmo cómplice en otros.

El crimen como virtud

Esa efusión, liberadora de un estado de ánimo que emergió con inusitada fuerza, flotaba por todo un país que salía del closet sin mucho remordimiento. Al fin y al cabo Chávez se convertiría, con el tiempo, en el artífice providencial que nos sacaría del atolladero y poco importaba que en el intento por desfacer los entuertos de la república civil, se impusiera una dictadura populista, errática y corrupta.

Militares en el 4f

La fiebre chavista se alimentaba de una retórica agresiva por excluyente y demagógica hasta el paroxismo, al promover una inversión de valores que trastocaba el orden establecido y colocaba al crimen no solo como un derecho sino como una necesidad a la hora de hacer “justicia social” o, como lo llamaban los veteranos de la guerrilla de los años 60, “expropiaciones revolucionarias”. En esa tarea, que pretendía reivindicar a los excluidos, las Fuerzas Armadas jugarían un papel capital a la hora de comprometerse, ya no en la defensa de las instituciones, sino de los intereses del dictador y de la nueva clase dominante (del cual formaba parte) impaciente e insaciable cuando se trataba de dejar atrás la peladera de bolas y tomar por asalto las arcas de la nación. No obstante el mensaje caló profundo y así comenzó el proceso de destrucción del orden establecido a la búsqueda de un nuevo orden que se quedó en la fase del desorden, hasta llegar al caos de hoy en día.

El unificador

Un bisoño recién llegado a la política, un insurrecto que desafiaba el principio militar básico de ordeno y obedezco y que no hacía un gran esfuerzo para ocultar su intención de darle un revolcón al maltrecho modelo democrático, castigar a los corruptos y colocar en primera línea a los olvidados de siempre, alcanzó un consenso que ya habrían querido para ellos los políticos tradicionales. Esa coalición, reducida hoy en día, a una minoría soportada por las armas, aglutinó las más estrambóticas coincidencias porque el Chávez post golpe y el Chávez pre elecciones, a pesar de su evidente carácter populista (las invasiones de tierras y propiedades comenzaron desde el principio) no llegó a definirse ideológicamente durante los primeros años. Pero el discurso negativo, las denuncias sobre la corrupción y la condena a la vieja clase política (“les vamos a freír la cabeza a los adecos”) resultaron suficientes para captar, al mismo tiempo, a la derecha de “Los Notables”, a los radicales de Pablo Medina, a buena parte de los medios de comunicación, a empresarios, periodistas, sindicalistas, trabajadores, curas, pastores evangélicos, intelectuales, deportistas, desempleados, ex-guerrilleros y en general la mayoría de un país que, de un momento a otro, clausuró su profesión de fe democrática para celebrar, sin vergüenza ni recato, primero el desatino golpista y luego la victoria de diciembre del 98. Sobre esta ola de extraviado júbilo se montaría, en primera instancia, Rafael Caldera para catapultarse hasta la Presidencia de la República desde donde daría luz verde a las aspiraciones de Chávez con el sobreseimiento de su causa. De allí en adelante entraríamos en una fase de aniquilamiento del sistema democrático que aún no concluye.

La nueva forma de ejercer la dictadura

Mientras, por el camino fueron quedando muchos de los entusiastas animadores del golpe porque pronto descubrieron que la criada les había salido respondona y Chávez no compartía con nadie la altísima cantidad de poder que fue atesorando hasta llegar al control absoluto. Se disolvía así la imagen del mandatario tradicional venezolano, dictador o no, a quien se suponía como un presidente manejable, susceptible de agradecer los favores recibidos y capaz de captar el respaldo de los grupos de poder. Chávez encarnaba todo lo contrario y si algún rasgo sobresalía en su compleja personalidad era el del celo a la hora de compartir el mando porque en él prevalecía la condición del mandatario absoluto. Con él solo la lealtad y la sumisión, también absolutas, eran las virtudes fundamentales exigidas a sus adláteres y demás allegados, siempre y cuando, eso sí, no se mostraran más inteligentes o talentosos que el jefe supremo. Si te sometías te abría todas las puertas, incluso las traseras. Si no lo hacías, caías en desgracia.

El caos soñado

Luego de 25 años de chavismo y de la muerte de su jefe máximo los herederos, incapaces, chambones, carentes de las condiciones mínimas para gobernar, se mantienen en el poder a costa de la muerte, el sufrimiento, el exilio y el hambre de millones de venezolanos. Pero, en el fondo, esa herencia, que de vivir le hubiera correspondido manejar, es la mejor demostración de que el país de ahora, ese del desorden establecido, sepultado en el caos y la violencia, es el que Chávez, siempre soñó. Ajenos a la tesis de que mientras peor vivamos, más rápido cae el gobierno de Maduro, los venezolanos permanecemos igual que el 4 de febrero, solo que infinitamente peor, pese a los esfuerzos de una oposición que lo ha intentado todo sin lograr el rescate de la democracia.

Roberto Giusti

Roberto Giusti es un periodista venezolano que siempre ha perseguido el conflicto. Muy joven empezó su carrera como reportero de sucesos en Radio Caracas Radio. En búsqueda de historias se fue a Mérida,...

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