Cuando uno se imagina la vida que llevan los actuales jefes militares venezolanos se decanta por lugares comunes que generalmente se corresponden con el imaginario colectivo. Por ejemplo: un oficial administrando la producción (que no la hay) y distribución (que por consiguiente es imposible) de papas venidas (es un decir porque no existen) del estado Mérida. Pero también podría ser algo más concreto: un coronel, pasado de kilos, tomando un baño en el jacuzzi de una suite de hotel cinco estrellas, debidamente provisto de compañía femenina y brindando con un escocés 18 años por los logros de la revolución.
Claro, también podríamos recurrir a una imagen, un poco menos imaginativa y más bien tomada de la realidad vista y confirmada, en la cual aparece un esforzado capitán de botas pulidas y boina roja quien, al mando de una docena de robocops, irrumpe, por la temprana madrugada, en la residencia de algún dirigente de la oposición y se lo lleva hacia un destino desconocido sin contemplaciones ni orden judicial.
También podíamos pensar en aquellos comandantes de alcabalas que ordenan a los revisores bajar la cadena, así no más, cuando la deberían subir, ante el cruce libre de misteriosos camiones cargados con mercancía anónima (que puede ser cualquier cosa) de un lado hacia el otro de las fronteras nacionales.
Pero la estampa clásica, muy bien alimentada por la fábrica popular de rumores, es aquella en la que, dentro de un espacio penumbroso, estrecho y sofocante por el humo del tabaco, un alto oficial, de rostro grave y lenguaje cortante, se encarga de darle las instrucciones de rigor a un solícito civil, de poblado bigote y gruesa contextura, quien toma nota con extrema diligencia sobre una orden para poner presos a algunos gerentes de la Polar, empeñados en la antipatriótica y subversiva tarea de seguir produciendo Harina Pan.
Aun cuando existe la creencia de que los lugares comunes resultan, a la hora de la verdad, grandes certezas, uno no puede rendirse a las reductoras caricaturizaciones anotadas anteriormente y por eso tiende a sospechar que no todos los militares están hechos a la medida dictada por el difunto caudillo. En realidad muchos de ellos están privados de los privilegios y de las oportunidades para enriquecerse que tiene la minoría y no solo sufren, al igual que los civiles, las consecuencias de la tragedia nacional, sino que no permanecen ni ciegos ni sordos a la hora de reconocer las señales de cambio que está emitiendo, al tiempo que exigiendo, la inmensa mayoría de los venezolanos.
@rgiustia

Roberto Giusti

Roberto Giusti es un periodista venezolano que siempre ha perseguido el conflicto. Muy joven empezó su carrera como reportero de sucesos en Radio Caracas Radio. En búsqueda de historias se fue a Mérida,...

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