Con edad suficiente como para haber tenido uso de razón el 27F, muchos venezolanos acostumbran rememorar, con cansona frecuencia y sobre todo para que lo sepan los más jóvenes, el estilo de vida predominante antes de aquella fatídica fecha, a partir de la cual el país entró en el modo de desgracia, predominante desde entonces y hasta la presente fecha.

La francachela
Privadas de la experiencia que significa haber vivido bajo la era de “la Venezuela saudita”, estas generaciones, posteriores a la vieja clase media ricachona, son testigos y víctimas del último y sufrido cuarto siglo, con todas sus taras y desajustes. Nacidas y criadas en un país lanzado al barranco escuchan, no sin algo de sorna, las historias de sus mayores, marcadas por los excesos y unos hábitos de consumo que ahora, por contraste, suenan chocantes y estrambóticos. Se viajaba, se comía, se bebía, se compraba y se malgastaba lo que se tenía y lo que no se tenía en una permanente francachela propiciada por el flujo inagotable de los petrodólares.
Pero no se trata aquí de plantear una monserga moralizante sobre la irresponsabilidad a la hora de administrar la abundancia, sobre la cual, sin embargo, hay diferencias notables entre los gobernantes de la era democrática y la chavista que vino después. Nos limitaríamos a advertir que mientras en la primera hubo intentos por diversificar la economía y hacerla menos dependiente de la renta petrolera, con resultados notables en algunas áreas, durante la chavista se destruyó el aparato productivo nacional y Pdvsa fue perdiendo los atributos que la convirtieron en un modelo a seguir entre las empresas petroleras del mundo.
Lanzados al barranco
Durante la primera década del siglo Chávez pudo torear la crisis gracias a los precios del petróleo, con el barril sobrepasando la barrera de los cien dólares. De manera que a medida que el gobierno destruía o asumía la propiedad de las empresas privadas (que para el caso era lo mismo) se apelaba a la importación de los bienes y servicios que se habían de producir en el país. Hasta la entrada de la segunda década del siglo, cuando se produjo una reducción drástica de los precios petroleros y de la noche a la mañana nos quedamos sin el chivo y sin el mecate. Vino, entonces, lo que siempre se temió y en última instancia había sido posible evitar: la inflación, el desabastecimiento, la escasez, la pobreza, el hambre y la miseria.
Pero el fenómeno no ha sido pasajero como lo suponían los más optimistas y podría decirse que ya se ha instalado en la psique nacional como un mal con el cual se debe aprender a convivir. Valga decir, aprender a ser pobres, una tarea harto difícil si pensamos que hace tres o cuatro años vivíamos aún en la ilusión de ser ricos o al menos de parecerlo, que en Venezuela da igual.
Las penurias de la ex-clase media
De la noche a la mañana hemos descubierto que las Adidas para subir cerro desaparecieron de unas tiendas sospechosamente vacías (tanto de gente como de mercancía) o, peor aún, que suelen aparecer de vez en cuando pero a un precio tal que el sueldo de un mes no alcanzaría para pagarlas. Así que debemos seguir usando las viejitas, que antes echábamos a la basura con apenas tres meses de uso porque se hacía irresistible el nuevo par recién llegado, en nueva versión, con talón reforzado y tan liviano como las plumas.
No se diga la peregrinación anual a Miami, las vacaciones en el resort de Aruba y la pasadita, vía Amsterdam, por Madrid luego de un fugaz recorrido por el Louvre de París. Ahora te debes conformar con la bajada a Puerto Azul o, a lo sumo, las penurias que significa volar a Margarita, donde la gente está de mal humor por la falta de agua, no hay jabón en la bañera del cuarto de hotel donde te alojas, ni muchos menos una toalla, que tampoco hace falta porque sin agua ni jabón el baño se hace imposible.
Mención aparte merecen los alimentos y las medicinas porque aquí la cola es inevitable, a menos que tengas dólares, algo improbable si eres ex-clase media con sueldo devastado por obra de la devaluación. Entonces, primero debes aprender a esperar sin ilusionarte porque cuando franqueas la puerta del otrora bien provisto automercado, ahora un territorio triste y desolado, lo que te encuentras es otra cola para un paquete de Harina Pan, que si la consigues debes comértela sin dos grandes ausentes a la hora del acompañamiento: la mantequilla y el queso.
No vamos a entrar en detalles sobre el fallecimiento impune de los recién nacidos en los hospitales, ni en la falta de urnas o el macabro recuento de cada fin de semana en la morgue de Caracas porque, en el fondo, aprender a ser pobre implica, más allá de acostumbrarse a modificar los viejos hábitos de consumo, acostumbrarte a sobrevivir o a morir por la falta de comida, de medicamentos o por obra de la violencia en un país convertido en una gigantesca cárcel de la cual cada día se hace más difícil escapar.

Roberto Giusti

Roberto Giusti es un periodista venezolano que siempre ha perseguido el conflicto. Muy joven empezó su carrera como reportero de sucesos en Radio Caracas Radio. En búsqueda de historias se fue a Mérida,...

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