Que nadie se sorprenda ante el golpe que la dictadura de Nicolás Maduro ha propinado a la Asamblea Nacional. No hay razón para asombrarse si ya sabemos que desde su primera victoria electoral, en 1998, Hugo Chávez fue asumiendo el control total del poder en una constante donde la única variante ha sido sido la forma de liquidar los mecanismos democráticos de equilibrio y mutua supervisión.
Si al principio se valía de la vía electoral porque contaba con el voto de las mayorías para imponer una aplanadora en la Asamblea Nacional o en las elecciones para gobernadores y alcaldes, poco a poco y a medida que empezó a perder apoyo, probó con métodos cada vez más cercanos a la arbitrariedad y al desconocimiento de la voluntad popular.
Fue ese el caso de Antonio Ledezma, quien, habiendo ganado el segundo cargo de elección popular con mayor número de votos (el primero es el de la Presidencia de la República) fue despojado de sus atribuciones y por consiguiente de las partidas presupuestarias correspondientes, con el consiguiente perjuicio para los habitantes de Caracas, cuya decisión fue burlada impunemente.
Luego de salir derrotados, el 6 de diciembre, los sucesores se limitan a reproducir, con inaudita torpeza y total falta de imaginación, la misma fórmula en la Asamblea Nacional, olvidando que las circunstancias han cambiado radicalmente. De manera que si antes una parte del país atendía con arrobo las quimeras alucinantes del caudillo y aprobaba sus caprichos autoritarios porque ciertamente desarrolló una política asistencialista y clientelar con la que compraba gobernabilidad, ahora, rotos todos los sueños y lanzada la utopía al pote de la basura porque no hay como alimentar (literalmente) a la gente, la criada se pone respondona.
En el menú de opciones de la casta gobernante desapareció aquella de la billetera que todo lo puede hasta que se acaba, incluyendo la importación de bienes y servicios con la que tapaban los vacíos dejados por la destrucción de las empresas privadas nacionales. Pero tampoco figura, por razones obvias, la de la fábrica de sueños, con los cuales el caudillo intoxicaba a unas masas vilmente manipuladas. Está claro que en este apartado del fabulador capaz de vender con éxito cualquier loca fantasía, tampoco tuvieron suerte los sucesores en conseguir alguien que, al menos, supiera hilar una frase con sujeto, verbo y predicado.
Por lo tanto se quedaron apenas con la parte brutal del librito de procedimientos que el caudillo elaboró en la práctica y sobre la marcha, valga decir, la siembra del terror mediante la represión la cárcel, la provocación y la violencia.
Esperan, así, sofocar con semejantes argumentos la indignación que sacude a las grandes mayorías, ya no solo por las penurias de todo tipo que nos impone un grupo pequeñísimo de privilegiados que se dan la gran vida a costa del sufrimiento de todo un país, sino también por el suicida empecinamiento en negar la realidad y dar un paso al costado para que sean otros quienes emprendan la dura y ruda tarea de la reconstrucción nacional.

Roberto Giusti

Roberto Giusti es un periodista venezolano que siempre ha perseguido el conflicto. Muy joven empezó su carrera como reportero de sucesos en Radio Caracas Radio. En búsqueda de historias se fue a Mérida,...

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