Monumento a Gengis Kan con retrato súperpuesto
Monumento a Gengis Kan con retrato súperpuesto

Alexander Herzen, conocido como el padre del socialismo utópico en Rusia, advirtió a mediados del siglo XIX, que si los campesinos de su país se alzaban en contra de los grandes propietarios de tierras, serían liderados por «un Gengis Kan con telégrafo». Herzen, quien a pesar de su radicalismo se distinguía por su rechazo a las formas dictatoriales del ejercicio del poder, no alcanzó a vivir la realidad en que se convirtió su profecía, 60 años después, con Lenin, el golpe de Estado bolchevique de 1917 y la cruenta guerra civil que se libró para consolidar su dominio. Lo que quizás no llegó a imaginarse Herzen era cómo la experiencia soviética, con el tiempo, se repetiría en los más disímiles rincones del planeta en nombre de algunos de los valores pregonados por él, pero bajo regímenes que se caracterizaban por su adscripción marxista, la violencia indiscriminada y la imposición del terror como medios para conquistar el poder y mantenerlo indefinidamente. Modelos que seguramente habría rechazado por su vocación democrática.

Telégrafo del año 1900 que funcionaba con código Morse
Desfile de la Victoria de Moscú

Estos émulos modernos de Gengis Kan y, por extensión, de Lenin, ya no dotados solo del telégrafo sino de poder de fuego y tecnologías de punta, en buena parte de los casos, no sólo se mantuvieron sino que superaron con creces los niveles de barbarie del emperador de los mongoles en su empeño de retroceder en el tiempo sus respectivas sociedades y convertirlas en masas premodernas temerosas del castigo «divino». En otras palabras, a pesar de la inmensa expansión del dominio que ostentaba el imperio del Gran Kan o cualquiera de los que vinieron en siglos posteriores, las dimensiones, la extensión y la penetración de los controles, apoyadas en el desarrollo tecnológico, al servicio de los dictadores modernos y el refinamiento de los métodos represivos, dejan pequeños a los grandes malvados de la historia con la aparición del totalitarismo. Y uno de los anatemas del totalitarismo es el sufragio como método básico de la democracia, a juicio de Lenin «instrumento de dominación de la burguesía». Solo que con el desarrollo y expansión de la democracia en algunos países los comunistas, dejando intacta la estrategia, aceptaron la participación en eventos electorales, a veces solos, a veces conformando alianzas con partidos de izquierda democráticas y/o populistas, algunos de los cuales alcanzaron el poder. Esto, pese a la tesis de Lenin según la cual la desaparición del Estado burgués no se logrará sino «mediante la revolución violenta». En Venezuela, por ejemplo, se dio la curiosidad de un candidato que debido a un golpe de Estado, frustrado militarmente, logra conectarse con las masas y sobre la base de un hecho antidemocrático se asoma al poder por la vía de ese mismo sistema. Luego el candidato-presidente descubre que se ha convertido en un fenómeno electoral y el país es tomado por una feria de elecciones permanentes que le sirven para concentrar y acumular poder, aclamado por una mayoría que aprobaba sus ocurrencias y recibía complacida las gangas de la bonanza petrolera. Así, el bálsamo de la riqueza fácil propiciaba un cierto bienestar y el placer que le daba al caudillo ganar elección tras elección aseguraba la existencia del sufragio. Pero de un momento a otro, y casi simultáneamente, los dos fenómenos, bases de la gobernabilidad, desaparecieron: el líder y la bonanza. Fenómenos además irremplazables, sin remedio inmediato, porque la sequía de divisas se mantendrá hasta nuevo aviso y el sustituto del caudillo tiene un rechazo del 80%. El resultado es una crisis integral que pone de manifiesto el inconsistente tinglado sobre el cual se montó una revolución que una vez perdido el apoyo de la mayoría, advierte, en voz del heredero, que «no entregará» y gobernará «con el pueblo y en unión cívico militar», aun cuando, al mismo tiempo, proclame que reconocerá los resultados y convocará a un diálogo. Contradicción que exige una aclaratoria porque es imposible, en democracia, gobernar con un pueblo que votó por otra opción, a menos que se reconozca su mandato, expresado en los resultados, se asuma los planteamientos del adversario, se acuerde con él y se salga del modelo que tiene postrado al país. Si el llamado al diálogo es sincero, eso es lo que debe ocurrir.

Roberto Giusti

Roberto Giusti es un periodista venezolano que siempre ha perseguido el conflicto. Muy joven empezó su carrera como reportero de sucesos en Radio Caracas Radio. En búsqueda de historias se fue a Mérida,...

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